Marcelino dijo que en Lanús está Contento
Aqui LANOta completa realizada por Leandro Contebto publicada en La Nación
Marcelino Moreno, el 10 de Lanús: se probó en Boca, jugó en el Federal A, quiso dejar a los 18 y hoy brilla en el fútbol argentino
Así, pasó a préstamo a Talleres de Córdoba, que competía en el Federal A y atravesaba el inicio de la gestión de Andrés Fassi. En un año, no llegó a debutar: fue cuatro veces al banco y, aunque formó parte del plantel que logró el ascenso, no tuvo la chance de ingresar. Aun así, la experiencia le dejó mucho: “Aprendí un montón, fue una etapa que me hizo crecer en todo sentido. Hoy miro hacia atrás y valoro todo lo que viví, a pesar de que no jugué”. Además, marcó un antes y un después en lo personal: “En Córdoba empecé a convivir con Katy, quien hoy es mi esposa y mamá de mis hijos. Volví a Lanús cambiado, siendo otra persona”.
En su regreso al club, Moreno fue una de las figuras de la Copa Libertadores Sub 20, en la que el Granate, dirigido por Ezequiel Carboni, cayó en semifinales ante San Pablo. Ese muy buen rendimiento le abrió nuevamente el camino de la Primera, bajo la conducción de Jorge Almirón. Con él fue parte de dos consagraciones: la Copa del Bicentenario, frente a Racing, y la Supercopa Argentina, ante el River de Marcelo Gallardo, y fue el primer cambio en la final de vuelta frente a Gremio, en 2017.
Desde su llegada a Lanús, Moreno fue sorteando dificultades. Primero, la distancia; después, el conflicto con Schelotto; más tarde, el préstamo al Federal A. Y finalmente, una carga que le costó quitarse de encima: 81 partidos para que convirtiera su primer gol, algo que hoy logra con facilidad: marcó en los tres partidos de Lanús en el año: Sarmiento de La Banda, San Lorenzo y Unión.
-¿Cómo recordás aquel momento?
-Fue complicado, aunque también soy consciente de que en ese entonces era muy pibe y tampoco jugaba los minutos que juego ahora. Me contaban partidos en los que tal vez entraba cinco minutos, con el partido ya resuelto, y tampoco es que jugaba siempre. Se hizo esperar, pero tuve el apoyo de mucha gente, que hacía lo imposible para que yo convirtiera. Pepe -por José Sand- me agarraba después de las prácticas y me decía: “León, vamos a patear”. Él me apodaba así por el tatuaje de un león que tengo en la mano. Me hacía patear al arco vacío y me pedía apuntar a las orillas. No importaba que no hubiera arquero: él quería que la metiera contra los palos.
La racha se rompió en 2021, frente a Belgrano de Córdoba, tras una pared con Tomás Belmonte y una cortina de Sand que lo dejó cara a cara. No eligió definir a un costado, sino meterla por entre las piernas del arquero. Cuando la pelota ingresó, no pudo contener las lágrimas. Debajo de la camiseta mostró una remera con una dedicatoria especial: “Lauty te amo”, para su hijo. Un año y medio después, fue transferido al Atlanta United, en la MLS, a cambio de siete millones de dólares
Allí jugó de enganche hasta la llegada de Gabriel Heinze, quien volvió a utilizarlo en un sistema 4-3-3, aunque ya no como delantero, sino como volante interno, una posición que ya había ocupado en Lanús. “Con el Gringo aprendí un montón, es un técnico que vive el fútbol con muchísima intensidad. Me sorprendió su forma de trabajar y la manera en que contagiaba al grupo. Él estaba todo el tiempo enfocado en que los jugadores diéramos el 100%; eso es lo que más me marcó de él: no relajarse nunca, jugar siempre al límite”, resalta. Luego, tras un paso con altibajos por Curitiba, donde al principio le costó jugar -porque el entrenador, el portugués António Oliveira, no lo había pedido-, terminó mostrando un buen nivel, pese a que el equipo finalmente perdió la categoría.
-Jugaste en Argentina, Estados Unidos y Brasil. ¿En qué liga te adaptaste mejor?
-La nuestra es una de las más difíciles del mundo, no tengo dudas. Jugar acá es complejo, para ganar un partido hay que superar circunstancias muy adversas. Hay mucho roce, los rivales son mañosos y hay muchos jugadores grandes, con oficio y experiencia. No es sencillo jugar en el fútbol argentino.
-¿Qué sentís cuando se dice que el enganche es una especie en extinción?
-Los jugadores están; el tema es dónde se los ubica en la cancha. Hay técnicos que, aun teniendo futbolistas con esas características en el plantel, se aferran a un sistema y tal vez los utilizan como internos o como doble cinco, para no desarmar su estructura. De todos modos, creo que hoy los entrenadores entienden que el jugador creativo necesita ciertas libertades. Enganches hay; la clave es ponerlos a jugar de eso, a cumplir ese rol dentro del campo.
-Vos sos uno de los pocos que se mantienen.
-Cuando volví al club, en 2024, Lanús jugaba sin enganche. Ricardo Zielinski me usaba de extremo, pero el club había ido a buscarme, había hecho un esfuerzo importante por mí, y yo sentía que así no rendía. Un día hablé con el Ruso y le dije que quería jugar en mi posición y que, si no, iba a esperar mi oportunidad afuera. Él me entendió, me puso de enganche, y creo que mejoramos todos: el equipo y también yo, en lo individual.
-Eso habla de tu crecimiento: del chico que no hablaba al que pide una charla con el DT.
-Al principio no me animaba. Pero mi papá me recomendaba que tenía que jugar por dentro, no tanto por fuera, porque rendía mejor en el medio. Él me dijo: “Estás en una etapa de tu carrera en la que podés hablar con el entrenador y plantearle tu punto de vista”. Me insistía en que lo hiciera con respeto, y que después el técnico tomaría la decisión. El Ruso aceptó y salió todo muy bien.
-¿Quién te aconseja más, tu papá o tu esposa?
-Hoy hablo más de fútbol con mi esposa que con mi papá. Ella también juega y muchas veces nos ponemos a opinar y a sacar conclusiones de los partidos. Por ejemplo, vimos juntos el triunfo contra Unión y ella me fue marcando lo que observaba, y yo hago lo mismo cuando la veo jugar a ella. Es delantera. No juega a nivel profesional, pero anda muy bien.
-¿Sos de mirar tus partidos?
-No veo demasiado fútbol. Trato de desenfocarme un poco y disfrutar de otras cosas. Si justo lo están pasando, lo dejo un rato, lo miro de reojo, pero no me siento en el sillón a verme jugar.
-¿Estás en el mejor momento de tu carrera?
-Sí, pero no solo por lo futbolístico,también por mi vida familiar. Todo va de la mano. Lanús es mi casa. La gente me quiere, mis compañeros me hacen sentir importante, mis hijos me acompañan a los entrenamientos, mi esposa va a la cancha. El otro día fue el cumple de Lauty y el plantel le cantó el feliz cumpleaños en el vestuario y le hizo soplar la velita. Eso es Lanús. Es el club que cambió mi vida y le voy a estar agradecido todos los días. Lo que tengo es gracias a Lanús.
-La confianza también tiene que ver con tu fe.
-Es muy importante para mí. Dios es lo que me completa. Mi mamá -Gabriela- me inculcó ir a la Iglesia desde chico, y hoy trato de transmitir ese legado a mi familia, para que mis hijos también lo aprendan. Cuando tengo un domingo libre, solemos ir juntos a misa. La religión es una parte central de mi vida.
Moreno, de 30 años, va por su tercer año en Lanús, donde fue figura de la Copa Sudamericana y se convirtió en un referente para las nuevas generaciones. Tiene contrato hasta diciembre de 2027 y la intención del club es que se retire con esa camiseta. Él tampoco piensa en cambiar de aire, salvo que una oferta irresistible golpee su puerta, aunque hoy, dice, prioriza otras cuestiones: la felicidad propia y la de su familia, por encima de cualquier otra cosa.
En febrero, Lanús se medirá con Flamengo, campeón de la Libertadores, por la Recopa: primero en la Fortaleza y luego en el Maracaná, un estadio donde el Granate ya hizo historia en los cuartos de final de la Copa Sudamericana al dejar afuera a Fluminense, y que Moreno conoce bien por su paso por Brasil. “Jugué varias veces contra ellos y la verdad es que es un equipo con muchísima jerarquía, pero nosotros podemos hacerle frente. Se formó un grupo lindo, con muchas figuras, algo muy difícil de encontrar en el fútbol. Quiero aprovechar este momento para seguir ganando títulos con Lanús. Siento que estamos en condiciones de pelear otra vez”, advierte.
Para “Lino”, ya es hora de descansar. Antes de despedirse, ofrece disculpas por las idas y vueltas por la nota. “Es vergüenza, más que nada”, aclara. La que afuera de la cancha le sobra. pero adentro es puro desparpajo. La pelota puede dar fe.
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